Un importante proceso judicial sacude el sector de los activos digitales en Estados Unidos. Dos empresarios tailandeses han presentado una demanda ante el tribunal federal del Distrito Sur de Nueva York contra Tether, el emisor de la stablecoin dominante en el mercado. En el centro del litigio: la congelación y posterior destrucción de 42,4 millones de USDT, ejecutada en octubre de 2025 sobre la base de una solicitud informal transmitida por los servicios de investigación de Seguridad Nacional (HSI). Aunque los demandantes no cuestionan las sospechas de blanqueo de capitales vinculadas a redes de estafas tipo «pig butchering», atacan frontalmente el modo de operar del emisor, que habría actuado sin ninguna orden judicial previa.
La disputa pone de relieve una zona gris jurídica propia del ecosistema cripto. A diferencia de las instituciones bancarias tradicionales que practican el bloqueo de cuentas, Tether dispone de funciones de gobernanza integradas en el código fuente de sus tokens, lo que le permite incluir direcciones en listas negras y destruir los fondos asociados. En este caso, el proceso de incautación no se oficializó hasta cuatro meses después, en febrero de 2026, cuando finalmente se emitió una orden del distrito de Carolina del Norte para ordenar la destrucción y reemisión de los tokens hacia billeteras gubernamentales. Esta cronología plantea una pregunta fundamental sobre la naturaleza de la empresa: ¿actúa Tether como una entidad privada soberana o como una extensión del poder público?
El resultado de este juicio podría constituir un punto de inflexión jurisprudencial. Para ganar el caso, los demandantes deberán probar que Tether actuó bajo el impulso directo del Estado, con el fin de activar las protecciones constitucionales estadounidenses —especialmente la Cuarta Enmienda contra las incautaciones arbitrarias— que normalmente no se aplican a las decisiones contractuales de una firma privada. Por su parte, el emisor se apoya en sus términos de uso, que le otorgan una amplia discreción operativa. Además, la defensa subraya el desfase geográfico de la sede social de la empresa, establecida ahora en El Salvador, para impugnar la competencia del tribunal neoyorquino.
Más allá de este caso particular, lo que se cuestiona es la arquitectura misma de las stablecoins centralizadas. Si bien las autoridades valoran esta capacidad técnica para neutralizar fondos ilícitos en tiempo real, los inversores temen la facilidad con la que los activos pueden ser congelados sin recurrir inmediatamente a un juez. Mientras las estafas en línea siguen alcanzando máximos, superando los 9 mil millones de dólares anuales, esta confrontación judicial obliga a redefinir los límites de la cooperación entre emisores de criptomonedas y las fuerzas del orden. Sea cual sea el veredicto, la estructura técnica de la red, capaz de quemar tokens a distancia, sigue siendo una realidad inmutable de la infraestructura financiera actual.