El dinamismo de las tesorerías corporativas, antaño un potente motor de la demanda de Bitcoin, ha sufrido un frenazo espectacular. Si en el segundo trimestre de 2025 las empresas cotizadas habían acumulado más de 159 000 BTC, las adquisiciones recientes se han desplomado hasta alcanzar apenas 5 900 BTC en los últimos tres meses. Este volumen representa apenas el 0,03 % de la oferta total en circulación, lo que ilustra una sequía casi total del flujo institucional en comparación con las épocas de euforia. A modo de comparación, las empresas absorben ahora solo una séptima parte de la producción trimestral de los mineros, dejando al mercado más dependiente de otras fuentes de liquidez, como los fondos cotizados en bolsa (ETF).
Esta desaceleración se explica principalmente por el bloqueo de un mecanismo financiero concreto: el ratio mNAV (market Net Asset Value). Este mide la capitalización bursátil de una empresa en relación con el valor de mercado de sus activos digitales. Cuando este ratio es superior a 1, la empresa puede recaudar fondos emitiendo nuevas acciones para comprar Bitcoin, creando valor para sus accionistas de forma mecánica. Sin embargo, la caída generalizada de este múltiplo hacia la unidad, o incluso por debajo, ha hecho que cualquier nueva emisión de títulos sea destructora de valor. Privadas de esta prima bursátil, las sociedades ya no tienen un interés económico inmediato en aumentar sus reservas a través de los mercados de capitales.
Paralelamente a estas restricciones técnicas, ha aumentado la presión institucional sobre las sociedades que han adoptado Bitcoin como activo de reserva principal. El proveedor de índices MSCI está llevando a cabo actualmente una consulta sobre la posible exclusión de las empresas cuya exposición a activos digitales supere el 50 % de su balance. Según los analistas de JPMorgan, una medida de este tipo podría provocar salidas masivas de capital procedentes de la gestión pasiva, estimadas en cerca de 8 800 millones de dólares. Esta amenaza obliga a los gestores de fondos generalistas a actuar con cautela, limitando así la capacidad de las empresas afectadas para mantener las altas valoraciones necesarias para sus programas de compra.
La estrategia de estos actores evoluciona ahora hacia una fase de consolidación y gestión de compromisos financieros. En lugar de proseguir con una acumulación agresiva, los líderes del sector se concentran en el servicio de su deuda y en el pago de dividendos vinculados a emisiones de títulos sofisticados. Algunas empresas optan incluso por recomprar sus propias acciones cuando cotizan con descuento respecto a su tesorería cripto, mientras que otras realizan ventas puntuales para sanear su balance. A pesar de este cese en las compras, la resiliencia se mantiene: las sociedades cotizadas conservan colectivamente más de un millón de BTC sin signos de liquidación masiva, con vencimientos de deuda hasta 2032.
En definitiva, el mercado de Bitcoin entra en una fase en la que el motor de crecimiento ya no depende de la voracidad de las tesorerías corporativas. Con una demanda directa en horas bajas, el equilibrio del mercado descansa ahora en la regularidad de los flujos de entrada en los ETF de Bitcoin al contado, cuya captación sigue sujeta a la volatilidad del sentimiento de los inversores. Aunque las empresas siguen poseyendo una parte significativa de la oferta mundial, su papel ha pasado del de comprador compulsivo al de tenedor institucional pasivo. Este cambio de paradigma subraya una nueva madurez, donde la conservación de los activos prevalece temporalmente sobre la expansión agresiva de los balances.