Si bien la mayoría de los inversores se centra en la compra de activos anticipando una subida, existe una estrategia más técnica que permite sacar provecho de los periodos de retroceso bursátil: la venta en corto (o short selling). A diferencia de una posición clásica, esta maniobra consiste en vender un título que no se posee, con el objetivo de recomprarlo más adelante a un precio inferior. Si la operación tiene éxito, la diferencia entre el precio de venta inicial y el de recompra constituye el beneficio. Por el contrario, si el activo sube, el inversor sufre una pérdida, lo que subraya el riesgo inherente a este enfoque especulativo que se aplica tanto a acciones individuales como a grandes índices como el S&P 500 o el CAC 40.

Para implementar estas apuestas bajistas, destacan dos instrumentos principales en el mercado. Los ETF inversos, a veces elegibles para planes de ahorro específicos, están diseñados para replicar la inversa del rendimiento de un índice. Sin embargo, debido a su reajuste diario, están destinados principalmente a una gestión a corto plazo. Paralelamente, los Contratos por Diferencia (CFD) ofrecen una mayor flexibilidad para especular a la baja, a menudo con efecto apalancamiento. Aunque permiten posicionarse rápidamente, imponen costes recurrentes, como las comisiones de financiación nocturna, y no confieren ningún derecho de accionista.

Operar en corto conlleva riesgos estructurales considerables, más allá de la simple volatilidad de los precios. Los inversores se enfrentan a una asimetría de mercado, ya que las bolsas tienen una tendencia histórica alcista a largo plazo, lo que hace que el factor tiempo suela jugar en contra del vendedor. Además, el uso del apalancamiento expone a liquidaciones bruscas durante las llamadas de margen (margin calls), mientras que el fenómeno del short squeeze —una subida repentina forzada por la recompra masiva de posiciones cortas— puede amplificar considerablemente las pérdidas. La complejidad de estas herramientas exige una formación previa rigurosa y una gestión estricta de los riesgos.

Como complemento, algunos inversores eligen explorar activos descorrelacionados de los mercados financieros tradicionales para proteger su capital en periodos de crisis. El Bitcoin se percibe a veces como un valor refugio alternativo, aunque su correlación con las finanzas clásicas puede fluctuar. Ante esta volatilidad, los servicios de asesoramiento patrimonial ofrecen actualmente marcos estructurados para dirigir la asignación de activos, destacando la importancia de una estrategia de gestión prudente frente a la improvisación en ciclos económicos complejos.