El sector de la inteligencia artificial en China atraviesa una etapa de turbulencias sin precedentes tras la apertura de una investigación por parte de la Administración del Ciberespacio de China (CAC). Los focos están puestos sobre dos joyas tecnológicas, DeepSeek y Moonshot AI, sospechosas por parte del gigante estadounidense Anthropic de haber utilizado masivamente su modelo Claude para entrenar sus propios sistemas. Esta práctica, denominada «destilación ilícita», habría sido orquestada a través de miles de cuentas fraudulentas, permitiendo a estas empresas chinas succionar las capacidades de razonamiento de la IA estadounidense para mejorar sus propias soluciones.

La magnitud de las cifras reportadas por Anthropic resulta vertiginosa, con decenas de millones de peticiones efectuadas en un corto periodo de tiempo. Aún más preocupante para las autoridades chinas, algunos laboratorios habrían redirigido en tiempo real las consultas de sus usuarios hacia los servidores de Anthropic. Más allá de la propiedad intelectual, Pekín teme sobre todo una posible fuga de datos sensibles. El regulador busca ahora determinar si información confidencial vinculada al aparato estatal, al ejército o a sectores estratégicos ha quedado expuesta a las infraestructuras estadounidenses durante estos intercambios automatizados.

Este caso surge en un contexto geopolítico extremadamente delicado, en un momento en que la inteligencia artificial se ha convertido en el terreno de juego privilegiado de la rivalidad entre ambas superpotencias. Para el gobierno chino, el reto consiste en demostrar su capacidad para regular a sus campeones nacionales a fin de evitar cualquier dependencia tecnológica o vulnerabilidad en materia de seguridad. La presión es aún mayor dado que Moonshot AI prepara actualmente una salida a Bolsa en Hong Kong con el objetivo de alcanzar una valoración colosal de 50.000 millones de dólares. Una investigación regulatoria de este tipo podría frenar sus ambiciones financieras y debilitar su credibilidad en los mercados internacionales.

La ironía de la situación no escapa a los observadores: si China se toma estas acusaciones muy en serio, es también para recuperar terreno frente al discurso de Anthropic. Al abrir sus propias investigaciones, Pekín se asegura mantener el control sobre el relato tecnológico, al tiempo que sondea el alcance real de sus dependencias respecto a los modelos occidentales. Mientras las autoridades chinas interrogan a directivos y empleados de las empresas señaladas, el sector observa con atención esta confrontación, que ilustra los límites de la soberanía digital en una carrera por la IA donde las fronteras técnicas son cada vez más porosas.