El mercado inmobiliario francés atraviesa un periodo de turbulencias sin precedentes, marcado por un desplome brutal de las transacciones. En el segundo trimestre de 2026, las reservas de viviendas nuevas cayeron un 23,2 % interanual, limitándose a unas 19 350 unidades. Este retroceso espectacular resulta aún más impactante al compararlo con las 42 310 reservas registradas en el mismo periodo de 2021. Los profesionales del sector coinciden en que el mercado nunca había alcanzado un nivel tan bajo, lo que invalida cualquier previsión de mejora a corto plazo.
En el centro de esta debacle, las medidas de incentivo implementadas por el ejecutivo apenas logran surtir efecto. El dispositivo «Jeanbrun», destinado a dinamizar la inversión en alquiler privado, arroja un balance muy inferior a las expectativas, generando menos de 200 reservas mensuales frente a un objetivo inicial de 4 000. Ante este fracaso, el gobierno ha tenido que admitir que probablemente será imposible cumplir con la ambiciosa meta de dos millones de viviendas nuevas o rehabilitadas para 2030, lo que evidencia una fragilidad estructural en la política de vivienda.
La situación se ve agravada por una coyuntura monetaria restrictiva, ilustrada por la reciente decisión del Banco Central Europeo (BCE) de elevar sus tipos de interés en 0,25 puntos, situando el tipo de depósito en el 2,50 %. Esta política de endurecimiento del crédito provoca mecánicamente un alza en los tipos de préstamo para los hogares, que oscilan actualmente entre el 3,50 % y el 4,20 % según el perfil. Esta erosión del poder adquisitivo inmobiliario limita drásticamente la capacidad de endeudamiento de los particulares, restringiendo así el acceso a la propiedad para gran parte de la población.
Más allá de la bajada de precios observada en el segmento de la vivienda de segunda mano, el sector se enfrenta a una crisis de oferta duradera. Con una disminución marcada en el número de permisos de construcción concedidos, el déficit de nuevas viviendas se consolida a largo plazo. Lejos de ser un simple ajuste temporal, los expertos temen una crisis estructural profunda, caracterizada por una escasez persistente de viviendas y mayores tensiones en el mercado de alquiler de las grandes metrópolis, con consecuencias sociales potencialmente graves para los próximos años.