El Banco Central Europeo (BCE) ha dado un paso más en su política de endurecimiento monetario al elevar su tipo de interés principal al 2,5 %. Esta decisión, adoptada por unanimidad por el consejo de gobierno, supone la segunda subida del año y sitúa los costes de endeudamiento en la zona euro en niveles no vistos desde abril de 2025. Esta maniobra se enmarca en un contexto de lucha persistente contra una inflación que se resiste a volver al objetivo fijado del 2 %, ya que la institución anticipa ahora un aumento de precios del 2,5 % para el próximo año, frente a la previsión inicial del 2,3 %.

El principal motor de esta inestabilidad sigue siendo el mercado de la energía. El reciente repunte de los precios del petróleo, que alcanza ya los 105 dólares por barril debido a las crecientes tensiones geopolíticas en Oriente Medio, ejerce una presión constante sobre los precios al consumo. Ante esta situación, Christine Lagarde ha subrayado que la inflación corre el riesgo de durar más de lo previsto, justificando así la necesidad de un endurecimiento monetario sostenido para prevenir efectos de segunda ronda, en particular una espiral entre los salarios y los precios de los servicios.

A pesar de este contexto inflacionista, el BCE ha mostrado un optimismo moderado respecto a la solidez de la zona euro. Al revisar al alza sus proyecciones de crecimiento, estimando ahora un 0,9 % para el año en curso y un 1,4 % para 2027, la institución cuenta con un margen de maniobra más cómodo para actuar. Este mejor desempeño de la actividad económica permite al banco central subir los tipos sin temor a paralizar bruscamente la coyuntura, haciendo que el arbitraje político sea menos arriesgado para los gobernadores.

Los mercados financieros han integrado ampliamente esta trayectoria y ya descuentan dos subidas adicionales de los tipos de interés para el primer trimestre de 2027. Sin embargo, la eficacia real de estas medidas sigue sujeta a una gran paradoja: si bien los tipos elevados sirven para anclar las expectativas de inflación, no tienen ningún impacto directo en el coste del barril, cuya volatilidad depende principalmente de la seguridad de los suministros mundiales. Por tanto, la vigilancia de la inflación subyacente será determinante en los próximos meses para evaluar si este choque energético permanece limitado a las materias primas o si se arraiga de forma duradera en la economía real.